
Nuevos aranceles sobre metales sacuden el comercio entre Europa y EE. UU.
La industria del metal a nivel global vive tiempos complicados. A los ya conocidos retos de la descarbonización y la sobreproducción se suma ahora un nuevo golpe: los aranceles estadounidenses sobre el acero y el aluminio. Según la Comisión Europea, estas medidas podrían afectar a exportaciones europeas por valor de 26.000 millones de euros, lo que representa cerca del 5% del total de exportaciones de la UE a EE. UU.
Alemania e Italia, entre los más expuestos
Alemania e Italia están en el punto de mira. El primero por su fuerte dependencia del sector automovilístico, que utiliza grandes volúmenes de acero y aluminio; el segundo, por su papel como uno de los principales proveedores de metales básicos a Estados Unidos. Solo Italia podría sufrir un impacto de hasta 2.000 millones de euros por estas nuevas restricciones.
A nivel internacional, el golpe también será duro para Canadá, principal exportador de acero a Estados Unidos. En 2024, el 87% de su producción siderúrgica cruzó la frontera sur. En cambio, China, con apenas un 1,8% de sus exportaciones dirigidas a EE. UU., sorteará mejor la situación, aunque arrastra otros problemas estructurales como la crisis inmobiliaria y un exceso de capacidad productiva.
Producción en descenso… salvo en India
Un informe reciente de Crédito y Caución anticipa una ralentización global en la producción de metales. Tras años de crecimiento, se prevé que el sector solo avance un 2,2% en 2025 y un modesto 0,7% en 2026.
La gran excepción será India, llamada a convertirse en uno de los motores del crecimiento mundial. Con un fuerte dinamismo económico y una población en constante expansión, se espera que su producción de metales crezca un 6,1% en 2025 y un 6,5% en 2026, impulsada por la urbanización y el desarrollo de infraestructuras.
Descarbonizar: el reto que aún pesa
Más allá de los aranceles y los ciclos de producción, la industria del metal tiene otro desafío estructural en el horizonte: la transición hacia un modelo bajo en emisiones. Adaptar las plantas a procesos sostenibles implica inversiones elevadas, algo que muchas empresas —especialmente las pequeñas y medianas— aún no pueden afrontar con facilidad.
A esto se suma una incertidumbre clave: ¿Habrá suficiente energía renovable disponible para sostener esa transformación sin comprometer la producción?


